Lo que comenzó como un acto de transgresión juvenil frente al rigor del calendario litúrgico ha terminado por convertirse en una de las fechas más señaladas del sentir gaditano. Aquella semilla plantada hace treinta y siete años por un grupo de «locos» del 3×4 ha florecido en un domingo que, lejos de ser un cierre, se vive como la gran victoria de la copla libre sobre el silencio de la Cuaresma.
Este encuentro, que huye de la masificación de la Semana Grande, se ha consolidado como el refugio de los paladares exquisitos. Es la jornada de los «jartibles», esos devotos que se niegan a recoger los bártulos tras un mes de concurso y calle, y que encuentran en la cercanía de la acera la verdadera esencia de una fiesta que no entiende de límites temporales ni de imposiciones externas.
📜 El origen de una «burla» bendita
La génesis de esta tradición nos traslada a la primavera de 1987. En un contexto donde el respeto a los tiempos de vigilia era casi inamovible, figuras como el añorado Paco Leal decidieron desafiar la norma con una espontaneidad asombrosa. Aquella chirigota ilegal, que parodiaba con maestría la seriedad de las comparsas de la época, fue el germen de una concentración que pretendía ser una réplica satírica al «Corpus Chiquito».
Lo que empezó con una pancarta artesanal y un puñado de agrupaciones desfilando por la calle Ancha hasta la escalerilla de Correos, supuso la conquista de un nuevo espacio de libertad. Aquel cara a cara entre Don Carnal y Doña Cuaresma generó, en sus inicios, un profundo debate en los sectores más conservadores y cofrades, quienes veían en esta prolongación festiva un desafío al decoro religioso. Sin embargo, el pueblo soberano dictó sentencia en la Plaza de las Flores, convirtiendo aquel experimento en un éxito rotundo que no ha dejado de crecer desde entonces.
🎭 Una fiesta que pertenece al pueblo
Con el paso de los años, el Carnaval Chiquito ha sabido mantener su espíritu indómito. A pesar de que el Ayuntamiento terminó por incluirlo en la programación oficial en 2014, la celebración ha blindado su carácter informal. Es una jornada que nace de la base, sin horarios rígidos ni escenarios pomposos; un evento que no pertenece a ningún barrio ni a ninguna institución, sino a cada chirigotero que decide echarse la guitarra al hombro un domingo más.
La descentralización ha sido la nota dominante en la última década. El eco de las coplas ya no se limita a la emblemática escalera de Correos, sino que se expande como el incienso por las naves de una catedral imaginaria que abarca desde San Lorenzo hasta el Oratorio de San Felipe o San Agustín. Este crecimiento desmesurado de grupos y aficionados confirma que la sed de coplas en Cádiz es inagotable, transformando la ciudad en un escenario donde la risa es la única liturgia permitida.
🕊️ El legado de la copla libre
Treinta y siete inviernos después, la esencia de aquel movimiento rebelde sigue más viva que nunca. Lo que para unos fue una provocación, hoy es reconocido como el mejor día para saborear el ingenio gaditano con la pausa que merece. El Carnaval Chiquito es, en esencia, un recordatorio de que la identidad de un pueblo no se puede encorsetar en fechas fijas ni en decretos.
Mientras la ciudad debate sobre la idoneidad de fijar el calendario festivo, la calle sigue hablando por sí sola cada domingo de «jartibles». Es el triunfo de la palabra sobre el papel, de la calle sobre el teatro y, en definitiva, de una forma de entender la vida que prefiere una última cuarteta en una esquina antes que la despedida definitiva de las luces de colores.

